¡A la siesta con calcetines!

Era una tarde clara en el jardín de la casita de siestas. Mariana llegó con una cesta. Lila, la ardillita, buscaba junto al porche. —¡Oh, no! —dijo Lila—. ¡Los calcetines para la siesta no están! La cesta estaba vacía. Sin calcetines, los amigos tendrían los pies fríos al dormir. —Yo ayudo —dijo Mariana. Lila sonrió. Juntas miraron bajo la mesa de picnic.

Cerca del arenero, Kiko encontró un calcetín amarillo en una pala roja. —¡Cuac! ¡Es mío! —dijo Kiko. Mariana tomó el calcetín y lo puso en la cesta. Después vio una rayita azul junto al tobogán. Había otro calcetín amarillo, medio escondido bajo una hoja grande. —¡Ya tienes dos! —dijo Mariana. Kiko estaba contento, pero Lila miró la cesta. —Faltan más —dijo.

Junto al carro rojo, Wawa movía unas hojas secas con sus patas. —Busco mis calcetines verdes —dijo Wawa—. Los necesito para mi siesta. Mariana miró dentro del carro. Allí había un calcetín verde, suave y limpio. El otro estaba detrás de una maceta azul. Mariana lo recogió y lo puso con el primero. Wawa dio un saltito de alegría. Pero Lila aún no tenía sus calcetines morados.

Mariana volvió al porche y miró con calma. Entonces vio dos calcetines morados dentro de la regadera vacía. La lluvia de la mañana los había dejado allí. —¡Lila, aquí están! —dijo Mariana. Lila se puso sus calcetines. Kiko se puso los amarillos, y Wawa los verdes. Los tres amigos entraron en la casita de siestas con los pies calentitos. Mariana guardó la cesta y sonrió. Había encontrado todos los calcetines.
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